A continuacion dejo a ustedes un sermon del pastor RAY STEDMAN de la Iglesia Peninsula Bible Church de Palo Alto California. Los invito a que lean sus hermosos sermones en http://www.raystedman.org/spanish/, este en particular me ayudo mucho cuando pase pruebas economicas muy dificiles.

POR QUE TEMEIS?

Quisiera invitarle a regresar a donde acabamos hace unas semanas en nuestros estudios del Evangelio de Marcos. Examinaremos dos incidentes, cuando Jesús calma la tempestad en el mar de Galilea y lo que viene inmediatamente a continuación, la curación del demoniaco. Es muy apropiado que estos dos incidentes nos los presenten este primer domingo de 1975, porque los dos tratan el problema del temor y qué hacer al respecto.

Estoy seguro que debe de sentir usted algún temor, al pensar en el año 1975. Estos son tiempos alarmantes y la crónica de los últimos años no nos da motivo para sentirnos menos atemorizados al afrontar el futuro, con su carácter desconocido y al preguntarnos que es lo que podemos esperar de 1975, que hace que el corazón nos dé un vuelco al pensar en las posibilidades de todo lo que podría sucedernos. Las Escrituras tratan con frecuencia el tema del miedo entre los creyentes o entre los seres humanos en general, porque es algo tan común a nuestra humanidad. Estos dos incidentes nos ayudarán. Los antecedentes del primero se encuentran en el capítulo 4, versículos 35 y 36:

“Aquel día, al anochecer, les dijo: –Pasemos al otro lado. Y después de despedir a la multitud, le recibieron en la barca, tal como estaba. Y había otras barcas con él.”

Está claro que esto sucede en el momento en que nuestro Señor se encontraba en un estado de absoluto agotamiento físico. Recordará usted que en esta sección de Marcos estamos tratando un tema que Marcos enfatiza en varios incidentes, los efectos que tiene la popularidad en el ministerio de Jesús. Es el momento de su ministerio en el que se ve rodeado por las multitudes por dondequiera que va, multitudes de personas que acuden masivamente de por todo el país, empujándole, abarrotándose a su alrededor, exigiendo ser curados de muchas enfermedades. Marcos nos cuenta de qué modo Jesús busca acallar la atención requerida, pidiendo ser curados físicamente, deseando despertarles a la realidad de la verdad espiritual. Los primeros incidentes nos revelaron la oposición que despierta la popularidad. La popularidad no es toda buena, de hecho, en ocasiones puede resultar muy negativa y en este caso despertó la oposición satánica en contra de su ministerio. Luego, en la próxima sección, vimos como esta popularidad hizo necesario atenuar la luz, como manifiestan las parábolas mediante las cuales Jesús comenzó a hablarles en lugar de hablarles diciéndoles toda la verdad como había hecho con anterioridad.

Y ahora nos encontramos con el agotamiento físico que produce a Jesús las tremendas exigencias de las multitudes. Se encuentra, después de todo un día muy pesado de haber estado enseñando, atendiendo a las necesidades de las gentes y sanándolas. Está completamente agotado. Entra en la barca y le dice a sus discípulos: “Pasemos al otro lado” a la orilla oriental, a una cinco millas de distancia. Marcos deja claro que esto es algo que Jesús hace sin premeditación. “le recibieron en la barca, tal como estaba.” No había hecho preparativo alguno para el viaje y el incidente que se produce a continuación surge de esas circunstancias:

Marcos indica que había ciertos testigos presentes que podían dar fe del fenómeno tan extraordinario que sucedió: “Y había otras barcas con él.” Marcos añade eso con el fin de asegurarnos que lo que sucedió durante ese viaje no fue una alucinación. Uno de los comentadores populares sobre esta sección sugiere que no había manera de acallar la tempestad, que lo que sucedió durante aquella tremenda tempestad fue que el Señor se dedicó a acallar los temores de sus discípulos y que ellos sintieron una profunda calma en sus corazones y que fue la paz que sintieron aquellos discípulos en sus corazones lo que hizo que pensasen que había realizado un milagro, acallando la tempestad. Pero esto no tiene en cuenta el hecho de que había otras barcas cerca, cuyos ocupantes también presenciaron el milagro y dieron testimonio de ello. Ha quedado constancia de este incidente en los versículos a continuación:

“Entonces se levantó una gran tempestad de viento que arrojaba las olas a la barca, de modo que la barca ya se anegaba. Y él estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal; pero le despertaron diciendo: –¡Maestro! ¿No te importa que perecemos? Y despertándose, reprendió al viento y dijo al mar: –¡Calla! ¡Enmudece! Y el viento cesó y se hizo grande bonanza.”

En ese incidente se encuentran todos los elementos básicos de un drama. Tenemos la tempestad que ruge y que se produje de repente en el mar. Eso es algo que sigue sucediendo en la actualidad en la región escarpada al noreste del mar de Galilea, lo que llamamos hoy los Altos del Golan. En ese terreno irregular y abrupto, es fácil que los vientos se concentren y de repente hagan sentir toda su fuerza sobre el mar. Bajo esas condiciones, se podía desencadenar una fuerte y violenta tempestad en cuestión de momentos. Cuando los discípulos comenzaron la travesía en el mar calmado del atardecer para llegar a la orilla oriental, se desencadenó una tormenta así. En unos minutos el mar comenzó a cubrirse de espuma y aparecieron enormes olas. Se levantó un gran viento, nos dice Marcos. Aquellos hombres se encontraron en medio de aquella gran y feroz tempestad y la barca se llenó rápidamente al golpear el agua contra la proa. ¡Los discípulos se sintieron dominados por el pánico! A pesar de que eran marineros, sabían que aquella tempestad era mayor que ninguna otra que jamás hubiesen presenciado y temieron, pensando que iban a perecer. De modo que vinieron y despertaron a Jesús preguntándole: “Maestro ¿no te importa que perecemos?”

Esto indica que la tempestad ya había comenzado cuando Jesús se quedó dormido. De no haber sido así, no le hubieran acusado de indiferencia ante su difícil situación. Si se hubiera quedado dormido de inmediato y no se hubiera ni siquiera enterado de que se había desencadenado la tempestad, le hubieran despertado para decírselo, pero le acusaron de indiferencia. En medio del creciente peligro, Jesús se había quedado dormido. Eso era lo que les había molestado a los discípulos, de modo que se acercaron a él, preocupados y molestos no solo por el peligro evidente, sino por la aparente indiferencia del Señor ante la necesidad de ellos.

¿Se ha sentido usted así en alguna ocasión? Los incidentes que mencionan las Escrituras no lo han sido sencillamente para contarnos lo que pasó hace 2.000 años, son parábolas escritas para nosotros, diseñadas para ilustrar exactamente lo que nos sucede a nosotros en el ámbito espiritual de nuestras vidas. ¿Quién de nosotros no se ha sentido de ese modo en alguna ocasión? Nos encontramos en una situación difícil y da la impresión de que a Dios no le importa. No hay respuesta a nuestras oraciones porque El parece indiferente. No da la impresión de suceder nada cuando acudimos a él preocupados, aturdidos y dominados por el pánico. Clamamos a él y no obtenemos respuesta. Eso era la situación con la que se enfrentaron los discípulos.

Pero entonces, al despertarle, nuestro Señor se levantó y, sin decirles nada a ellos de momento, reprendió al viento y, literalmente, “puso una mordaza” al mar y a continuación reprendió a sus discípulos. Ellos habían acudido a él con las palabras: “¿no te importa que perecemos?” Mateo añade que le dijeron: “¡sálvanos Señor, que perecemos!” No sé lo que esperaban que hiciese Jesús. pero lo que hizo les pilló totalmente por sorpresa, pues fue algo que no se esperaban. Pero se habían dejado dominar por el pánico y cuando nos sucede eso, esa es la actitud que adoptamos ¿no es cierto? De hecho estaban diciendo: “¡no te quedes ahí tan tranquilo, haz algo! De modo que él se puso en pie y sus primeras palabras fueron para reprender al viento y para callar al mar. Le dijo al viento: “¡Paz!” y al mar: “¡Calla! ¡Enmudece!” Y lo que sucedió dejó a los discípulos muy sorprendidos porque se hizo de repente una gran calma.

Cuando el relato nos dice que el Señor reprendió al viento y le habló al mar diciéndole “¡Calla! ¡Enmudece!” es preciso que entendamos que no estaba realmente hablándole a los elementos. Después de todo, ¿de qué serviría hablarle al viento al pasar sobre nosotros? ¿O hablarle al agua con todo su ímpetu? Creo que la historia del rey que intentó detener las mareas, mandándolas que cesasen, y éstas hicieron caso omiso, como acostumbran a hacer las mareas, y siguieron golpeando contra la orilla. No, no creo que nuestro Señor estuviese hablando a los elementos del aire y del mar. Lo que es preciso que entendamos de este relato es que él, sabiendo con tal claridad y tan bien lo que para nosotros es invisible y que nosotros con tanta frecuencia olvidamos, le habló mas bien a las fuerzas demoniacas que se ocultaban tras la furia de la tempestad y del mar.

No debemos olvidar nunca que vivimos en un mundo caído y que, según nos dicen las Escrituras, el mundo entero se encuentra en las garras del demonio y de sus agentes. Tras los desastres acerca de los que leemos con frecuencia y que en ocasiones experimentamos, como los terremotos, la hambruna, las sequías, los ciclones, los tornados, los huracanes, se encuentra con frecuencia el ataque malvado de Satanás sobre la humanidad. Jesús lo entendió y no reprendió al viento, sino a aquel que había hecho que se levantase. Vivía siendo constantemente consciente de que, como dijo el apóstol Pablo, no luchamos contra carne ni sangre, sino contra principados y contra los poderes, los espíritus malvados de los lugares altos, que pueden afectar a la humanidad en los diversos niveles de la vida. Era eso a lo que reprendió Jesús. Resulta interesante que las palabras que usó en este caso fueron exactamente las que usó para reprender al demonio que interrumpió su discurso en la sinagoga de Capernaum, como leemos en el primer capítulo de este libro. Por lo que se está dirigiendo a lo que no vemos, al mundo invisible y el resultado fue que se produjo una gran bonanza.

A continuación regañó a los discípulos:

“Les dijo: ¿Por qué estáis miedosos?”

¿No resulta esa una extraña pregunta que hacer a unos hombres que habían corrido el peligro de perder sus vidas? Solo un momento antes estaban tambaleándose en una barca, que se llenaba rápidamente de agua, en medio de una gran tempestad, sin esperanza de obtener ayuda. ¿Por qué no iban a estar atemorizados? Pero a pesar de ello, Jesús les preguntó: “¿Por qué estáis miedosos?” Y a continuación puso el dedo en la llaga:

¿Todavía no tenéis fe?

Ese es el motivo por el que las personas tienen miedo, porque pierden la fe. La fe es la respuesta al temor. Esa es la primera lección que aprendemos de este incidente. La fe es siempre la respuesta frente a nuestros temores, sean los que fueren. Jesús acertó de lleno. “¿Todavía no tenéis fe?”

Es evidente que no la tenían. Habían olvidado todo lo que él les había dicho en el Sermón del Monte acerca de lo mucho que el Padre les amaba: “Sois de mucho más valor que las flores y que los pájaros. Si Dios se ocupa de ellos, ¿cuánto más no se ocupará de vosotros, oh hombres de poca fe?” Jesús estaba en la barca con ellos y la suerte de ellos sería la misma que correría Jesús, pero ellos se habían olvidado de eso.

¿Cómo cree usted que se habrían comportado aquellos hombres de haber tenido fe? Supongamos que su fe hubiera sido fuerte, su fe en él y en el cuidado y el amor de Dios, ¿qué hubieran hecho? Una cosa es segura, no le hubiesen despertado, le hubieran dejado descansar. El estaba cansado y tenía una gran necesidad de descansar. Ellos hubieran permitido que descansase porque su fe les habría recordado dos factores de gran importancia: Una, que la barca no se habría hundido; que no se podía hundir mientras estuviese en ella el Dueño del océano, de la tierra y del cielo. En segundo lugar, que una tempestad no dura eternamente.

Hace aproximadamente un año mas o menos, un atractivo y joven evangelista de otro país, me contó todos los problemas con los que se estaban enfrentando su esposa y él. Se sentía muy abatido. Su esposa estaba pasando por graves problemas físicos y mala salud, como resultado del asma y la bronquitis, que hacían que estuviese constantemente enferma. Ya habían pasado años enteros de lucha contra estos problemas de salud y parecía como si hiciese que todo lo que él hacía le salía mal. Estaban planeando regresar a su país de origen, pero ella estaba otra vez enferma y él estaba muy desanimado.

Recuerdo que volví sobre este incidente de Marcos y que le conté la historia, diciéndole: “Recuerda que la barca no se hundirá y que la tempestad no durará para siempre. Eso es tener fe, recordar esos hechos.” Me dio las gracias, oramos juntos, y se fue. No le volví a ver durante un par de meses y entonces nos tropezamos el uno con el otro y le dije: “¿Cómo van las cosas? ¿Cómo está su esposa?” a lo que me contestó: “oh, mucho mejor. Todavía sigue teniendo tremendas luchas. No puede respirar y no puede cuidar de los niños ni de la casa y tenemos muchos problemas, ¡Pero recuerdo dos cosas: que la barca no se hundirá y que la tempestad no durará para siempre!” De modo que volví a orar con él.

Hace solo un par de semanas recibí una nota suya. Habían regresado a su país y allí habían encontrado la respuesta. Un médico había descubierto una deficiencia de poca importancia en su régimen alimenticio que necesitaba remediar. Cuando lo hizo, el asma y la bronquitis desaparecieron y ella disfrutó de una salud gloriosa y radiante y los dos se regocijaban juntos por ello. Había escrito al pie de la página: “De modo que se ha desencadenado otra tormenta en nuestra vida, pero recuerdo que la barca no se va a hundir y que la tempestad no durará para siempre. Como escribió Lewis:

“Le diré cómo enfocarlo. ¿No se ha dado usted cuenta de que en nuestra pequeña guerra aquí en la tierra, hay diferentes fases, y mientras se está desarrollando una de ellas las personas actúan como si fuese a ser algo permanente? Pero la verdad es que la situación está cambiando constantemente en nuestras manos y que ni nuestras posesiones ni nuestros peligros son los mismos que el año anterior.

El significado de este acontecimiento es que la fe es la respuesta frente al temor, la fe en la bondad y en el cuidado que tiene Dios de nuestras vidas, fe en que él nos ama y que puede obrar entre nosotros, pero queda aún otra lección. Es que cuando fracasa nuestra fe es como si se abriese una puerta y contemplásemos una visión más grandiosa. ¿Qué sucedió en este caso?

Les dijo: “¿Por qué estáis miedosos? ¿Todavía no tenéis fe? Ellos temieron con gran temor y se decían el uno al otro: entonces, ¿quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?”

La palabra “asombro” que aparece en algunas versiones significa “temor”, pero es una clase de temor diferente al que ocurre antes. En el caso anterior era un temor cobarde, pero aquí estamos hablando acerca de un temor que implica un profundo respeto que conlleva, en el fondo, el asombro. Por lo tanto, debido al fracaso de la fe de ellos, se produjo una impresión más profunda, pudiendo echar un vistazo al misterio de esa Personalidad, que les llenó de una gran reverencia: “¿quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen y que controla todos los elementos del mundo natural? ¿quién es?” Lo maravilloso de este incidente es que a pesar de que los discípulos suspendieron su examen de fe, se había fijado el fundamento para una nueva expresión de fe la próxima vez que fuese puesta a prueba. Su propio fracaso les presentó la posibilidad de una nueva expresión de fe en el futuro.

Así es como Dios obra en nuestra vida, haciendo exactamente lo mismo con nosotros. Pone a prueba nuestra fe todo el tiempo, para que podamos crecer. Y si nuestra fe es lo suficientemente fuerte nos daremos cuenta de que él puede ocuparse del problema y que sabe cómo hacerlo, pero incluso si nuestra fe es débil, no nos dejará que nos hundamos por completo, sino que nos sostendrá y nos ayudará a superarlo y, de un modo u otro, en el proceso, pondrá el fundamento de una nueva visión de su poder, que permitirá que nuestra fe sea mas fuerte la próxima vez.

 

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