LA ORACION MODELO

by Ray C. Stedman

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Hemos observado la vida de oración de nuestro Señor Jesús a través de los ojos de un discípulo, al que no se nombra, que estaba contemplándole orar. Al ver a Jesús orando, espero que se sintamos, como le sucedió a este discípulo, cuyo nombre no nos ha sido revelado, la maravillosa convicción de que la oración era el secreto de esta extraordinaria vida, que era tanto el aspecto mas natural como el mas necesario de su existencia. Espero, además, que cada uno de nosotros se haya hecho y se siga haciendo eco aún hoy del clamor urgente y sincero de este discípulo y que digamos: “Señor, enséñanos a orar.

En respuesta a dicha petición Jesús les dio lo que ha sido denominada La Oración Modelo, algo acerca de lo cual hallamos un breve relato en Lucas 11, versículos 2-4:

El les dijo: “Cuando oréis, decid: Padre nuestro, que estás en los cielos: Santificado sea tu nombre, venga tu reino; sea hecha tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. El pan nuestro de cada día dánoslo hoy; y perdónanos nuestros pecados porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal. (Lucas 11:2-4, Reina Valera Actualizada)

Se dará usted cuenta de que este relato es ligeramente diferente a la forma mas conocida de Mateo que, sin duda, fue pronunciada en una ocasión diferente. (Jesús repetía con frecuencia ciertas grandes verdades de las que habló durante su ministerio.) En cualquiera de sus dos formas, la Oración del Señor es suficientemente importante y amplia como para cubrir toda nuestras vidas. Es como un poderoso arco iris que recorre nuestras vidas, desde el nacimiento hasta la muerte, y reúne en él todos los variados colores de nuestras vidas.

Esta oración posee dos evidentes divisiones, destacadas por el uso de dos pronombres:

La primera parte se centra en Dios, usando el pronombre tu: “Venga tu reino, sea hecha tu voluntad.

La segunda parte tiene que ver con el hombre y el pronombre que se aplica tiene que ver con nosotros: “danos hoy nuestro pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados, no nos dejes caer en tentación.

Para empezar vamos a limitarnos a esas tres primeras declaraciones, que se centran alrededor de la persona, el carácter y el ser de Dios. Estoy seguro de que no es casualidad que Jesús exprese, invariablemente, la oración de esta forma. El primer lugar se lo concede a aquellas cosas que tienen que ver con Dios algo que, sin duda, expone una debilidad fatídica en nuestras propias oraciones, que con tanta frecuencia empiezan por nosotros mismos. ¿No es ese nuestro problema? Pasamos apresuradamente y casi de inmediato a una serie de peticiones y súplicas que están relacionadas con nuestros problemas, nuestras necesidades y aquello que nos molesta, y eso sirve para centrar nuestra atención sobre lo que nos está preocupando y para incrementar nuestra conciencia de nuestra carencia. Tal vez sea ese el motivo por el que con frecuencia acabamos mas deprimidos y frustrados que cuando empezamos, pero Jesús nos muestra otra manera de hacerlo. Debemos comenzar con Dios, echando un vistazo lento, tranquilo y fijando de modo confiado los ojos en él, contemplando su grandeza y su ardiente anhelo por dar, su incansable paciencia y ese amor que no tiene fin. Entonces, como es natural, lo primero que recibimos al orar es un espíritu de paz y no tenemos necesidad de dejarnos dominar por el pánico y pronunciar un torrente de palabras.

Es por ello que esta oración, que sirve de modelo, comienza con una palabra familiar “Padre. ¡Permítanme enfatizar que es “Padre y no “Papaito! Existe una reverencia en cuanto a la palabra Padre que está totalmente ausente de algunas expresiones actuales de paternidad y, sin duda, esta es la nota que el Señor quiere que captemos al comenzar nuestro estudio de esta oración, pues es esencial que sepamos a quién le estamos orando. Cuando oramos no estamos hablando acerca de Dios, no estamos participando en un diálogo teológico. Estamos hablando con Dios. Vamos a hablar directamente con él y, por lo tanto, es esencial que entendamos a quién le estamos hablando. Nuestro Señor lo resume todo en esta maravillosa y descriptivas palabra y nos dice que la verdadera oración debe empezar con el concepto de Dios como Padre.

Eso elimina de inmediato toda otra serie de conceptos y nos muestra que la oración, la verdadera oración, no se dirige nunca al Presidente del Comité de Bienestar y Auxilio Social. Hay ocasiones en las que nuestras oraciones parecen tener ese tono, acudimos a Dios como si esperásemos una limosna. Queremos que nos caiga algo en el regazo, que estamos convencidos de que necesitamos, y al hacer la súplica lo único que estamos haciendo es reller el formulario prescrito.

Tampoco dirigimos nuestra oración al Jefe de la Agencia de Investigaciones. No debe de ser nunca sencillamente una confesión de nuestras faltas y pecados, con la esperanza de que podamos alcanzar la misericordia del tribunal. Ni es tampoco una apelación al Secretario del Tesoro, como si fuese una especie de genio de la Banca, al que acudimos con la esperanza de interesar en financiar nuestros proyectos. La oración es algo que debemos hacer a un Padre, que tiene un corazón de padre, el amor de un padre y la fortaleza de un padre, y la primera y mas auténtica nota de la oración debe ser nuestro reconocimiento de que nos estamos presentando ante semejante clase de padre. Debemos escucharle y acudir ante él como hijos, con confianza y sencillez, con la absoluta sinceridad de un niño, de lo contrario no es una oración.

Alguien ha hecho notar que esta palabra padre responde a todas las cuestiones filosóficas acerca de la naturaleza de Dios. Un padre es una persona y, por lo tanto, Dios no es una fuerza ciega tras la maquinaria inescrutable del universo. Un padre puede oír y Dios no es sencillamente un ser impersonal, distante a todos nuestros problemas y nuestros sufrimientos. Y sobre todo, un padre está predispuesto por su amor y su relación a prestar oído atento y cuidadoso a lo que le dice su hijo. Así es Dios. No hay duda alguna de que un hijo puede esperar obtener una respuesta de un padre. Nuestro Señor continua enseñándonos mas acerca de cómo es un padre en la parábola que sigue a esta oración y, sin duda, el sentido de todo ello es que Dios está interesado en lo que tenemos que decir. Por lo tanto, se espera que un padre nos responda.

No solo debemos dirigirnos a Dios como Padre, es decir, pronunciando la palabra con nuestros labios, sino que debemos de creer que es un Padre, porque todo cuanto Dios pone a disposición de la humanidad debe siempre llegar a nosotros por medio de la fe, debiendo siempre actuar en nuestras vidas por medio de esa confianza. La fe y la confianza implican invariablemente un compromiso de la voluntad, un conmoverse de la parte mas profunda de nuestra naturaleza y por lo tanto, cuando llega el momento de orar, si empezamos dirigiéndonos a Dios como “Dios poderoso, “Gran Creador o “Principio de todo Ser esas palabras ponen de manifiesto nuestra tremenda ignorancia y nuestra incredulidad. ¡La mas grande autoridad, en lo que a la oración se refiere, dice que Dios es un padre!

Alguien ha sugerido que podemos combinar los extremos de la persuasión teológica evidente actualmente en nuestro país, los Estados Unidos, con esta oración: “¡Que el Fundamento de Nuestro Ser nos bendiga muy bien! Como es natural, esa oración es absurda. Cuando yo llego a casa no quiero que mis hijos me reciban con temor y me digan: “Oh, grande y terrible pastor de la Iglesia Peninsula Bible, bienvenido a casa. Sería un insulto para mi corazón de padre. Lo que quiero, por supuesto, es que mis hijos me traten como a un padre. No es nunca una oración hasta que reconozcamos que acudimos a la presencia de un padre paciente y tierno. Esa es la primera clave de lo que es la auténtica oración.

La segunda es la de la renuncia: “hágase tu voluntad. Estoy seguro de que esa es la petición que hace que la mayoría de nosotros nos convirtamos en hipócritas porque podemos decir “Padre con una gratitud sincera, pero cuando decimos “hágase tu voluntad lo decimos sabiendo y sintiéndonos culpables por ello conscientes de que, al orar, hay aspectos de nuestra vida que no nos sometemos a su voluntad y respecto a los cuales, además, no queremos someternos a su voluntad. Cuando decimos “hágase tu voluntad estamos diciendo en oración: “que toda mi vida sea fuente de deleite para ti y rinda honor al nombre que llevo, que es tu nombre. Hágase tu voluntad. Es la mismo que hallamos en la oración de David al final de uno de sus maravillosos salmos: “sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, oh Señor. Roca mía y Redentor mío. (Salmos 19:14) Eso es orar y decir “sea hecha tu voluntad.

El problema consiste en que con harta frecuencia sabemos que existen importantes aspectos de nuestra vida que no sometemos a su voluntad. Existen ciertos monopolios, que nos hemos reservado a nosotros mismos, aspectos privilegiados a los que no queremos renunciar, en los que el nombre de nuestro jefe o de nuestra novia o novio o algún otro ser querido significan mas para nosotros que el nombre de Dios, pero cuando oramos así, si es que somos sinceros, si es que somos abiertos y honestos en nuestra oración realmente estamos diciendo: “Señor, te abro todos los rincones de mi vida, quiero sacar cada uno de los esqueletos para que tú los examines. Sea hecha tu voluntad. No podemos tener ningún contacto con Dios, no puede haber ninguna manifestación de su poder, ningún experimentar realmente la gloriosa fragancia y la maravilla de Dios obrando en una vida humana hasta que oremos de verdad y el segundo requisito de la auténtica oración es que digamos “sea hecha tu voluntad.

Pero no solamente somos conscientes de que en cada uno de nosotros existen aspectos en los que no reverenciamos el nombre de Dios ni nos sometemos a su voluntad, en los que él no puede escribir su nombre, sino que además somos plenamente conscientes de que en lo profundo de nuestro ser ninguno somos capaces de vivir de este modo, por mucho que nos esforcemos e intentemos complacerle en cada uno de los aspectos de nuestra vida, ya que existe una terrible debilidad, un fallo que, no sabemos cómo, hace que no podamos alcanzar la meta. Incluso cuando realizamos esfuerzos sobrehumanos somos incapaces de conseguirlo, pero el lector se dará cuenta de que esta oración no ha sido expresada sencillamente como una confesión o una expresión de arrepentimiento ante el Padre. No debemos de orar como lo hacemos con tanta frecuencia, diciendo: “Padre, ayúdame a ser bueno o “ayúdame a ser mejor. ¿No resulta sencillamente asombroso que en toda esta oración modelo no encontremos ni una sola expresión de un deseo de pedir ayuda para la santificación de nuestra vida? Eso que tanto nos preocupa y que viene a ser objeto de preocupación en las Escrituras, no se refleja para nada en esta oración. No, Jesús hace que centremos nuestra atención en el Padre y no en nosotros mismos. Esta frase “hágase tu voluntad es, en realidad, una súplica y un clamor de confianza impotente y mediante ese clamor nos ponemos en pie y decimos: “Padre, no solo sé que hay aspectos de mi vida en los que no me estoy sometiendo a tu voluntad, sino que sé que solamente tú puedes hacerlo posible y estoy dispuesto a quedarme callado y permitir que el gran Dios Santo sea de verdad el primero en mi vida. Cuando oramos de este modo, descubrimos que el resto cae por su propio peso, por así decirlo.

El hombre que permite que Dios sea su Señor y se somete totalmente a él es atraído, de manera totalmente espontanea, a un gran proceso de aprendizaje y se convierte en una persona diferente. Martin Lutero dijo en cierta ocasión: “No puedes pedirle a una piedra que está al sol que esté caliente porque se calentará por sí misma. Cuando decimos: “Padre, no hay ningún aspecto de mi vida acerca del cual no estoy dispuesto a que me hables, no hay ningún aspecto que desee ocultarte, mi vida sexual, mi vida laboral, mi vida social, mis estudios, el tiempo que dedico a la diversión, mis periodos de vacaciones están ante ti eso es decir “hágase tu voluntad. Cuando oramos de esta manera descubriremos que Dios entrará en los lugares mas oscuros de nuestra vida, en los que la peste es en ocasiones demasiado fuerte incluso como para que nosotros mismos la soportemos y los limpiará y pondrá orden, haciendo que sean aptos para convertirse en Su morada. “Si caminamos en luz nos dice Juan (lo cual no quiere decir que ya no tengamos pecado, sino que Dios todo lo ve) “Pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos limpia de todo pecado. (1ª Juan 1:7)

El tercer clamor de la verdadera oración tiene que ver, una vez mas, con Dios y es una súplica llena de esperanza: “venga tu reino. Esto viene a ser como un suspiro que procede del cielo. ¿Quién de nosotros no siente nostalgia de vez en cuando, quién no anhela ser libre de lo aburrido e insensato de la vida y está dispuesto a experimentar la gloria acerca de la cual leemos en la Biblia. O puede ser, como debiera serlo, una súplica para que el cielo descienda a la tierra. Es decir, “venga tu reino queriendo decir que los reinos de este mundo se conviertan en los reinos de nuestro Señor y de su Mesías. Eso es lo que cantamos en el himno “Jesús reinará.

Jesús reinará siempre que el sol sus sucesivos recorridos cubra; su reino se extiende de una orilla a otra, hasta que las lunas dejen de ocultarse y menguar.

Hay mucho en las Escrituras acerca de esto y ¿quién de nosotros no está harto de la sinrazón enfermiza de la guerra y la pobreza, la desgracia y la desesperación humana y no desea ardientemente que llegue ese día, cuando Dios gobernará en justicia sobre toda la tierra?

Pero estoy convencido de que esta oración es mucho mas que eso. Es algo mas que una mirada prolongada y anhelante al futuro, ya sea en la tierra o fuera de ella. Es un clamor para que la voluntad de Dios sea hecha por todas partes, por todos los medios, siendo en estos momentos la sangre, el sudor y las lágrimas. Es decir “que venga tu reino mediante lo que yo estoy sufriendo en este momento. Eso es lo que significa esta oración. Las Escrituras nos revelan una verdad que el hombre nunca podría descubrir por sí mismo, pero que resulta perfectamente evidente al contemplar la vida a través de las lentes de la Palabra de Dios y es que Dios establece su reino en secreto, por así decirlo. Cuando es menos evidente que él está obrando es, con frecuencia, el momento en que más está llevando a cabo. Cuando menos conscientes somos de su obra, al mirar atrás, nos damos cuenta de que fue, precisamente, cuando él realizó la obra mas extensa de todas. Tras el entramado de la tragedia y la desesperación, Dios está con frecuencia levantando su imperio de amor y de gloria. En medio de estas pruebas, penurias, decepciones, sufrimientos intensos y desastres, cuando nos creemos que Dios permanece callado y nos ha abandonado, cuando sentimos que Dios ha retirado su mano y ya no sentimos la amistad de su presencia, con frecuencia Dios está haciendo las cosas mas grandes que jamás podamos imaginar.

Hace unos días nos sentamos un joven y yo y me contó la historia de su vida. Había tenido un terrible accidente, que había dejado una señal física en él, pero un matrimonio destrozado le había dejado aun una huella mas honda. Se había criado en un ambiente de iglesia y, antes de que sucediesen algunas de estas cosas, su actitud era la de juzgar a los demás, considerándose a sí mismo muy santo, adoptando una actitud de desprecio piadoso a aquellos que no podían verse libres de sufrimientos y de problemas, pero me dijo: “¿sabe una cosa? La humillación de mi divorcio fue un duro golpe que hizo que cambiase radicalmente mi actitud hipócrita. Sé que nunca hubiera sentido el gozo que tengo ahora ni habría entendido el propósito de Dios si no me hubiese convertido en una estadística de divorcio. Es por medio de estas situaciones como Dios construye su reino.

¡Qué glorioso misterio es este!

Dios se mueve de manera misteriosa para llevar a cabo sus maravillas; Deja sus huellas en el mar, y cabalga sobre la tormenta.

Oh vosotros, sus temerosos santos, tened valor de nuevo; esas nubes a las que tanto teméis están colmadas de misericordias, y se convertirán en bendiciones alrededor de tu cabeza.

¿Existe alguna liturgia o ritual en la iglesia que nos lo exprese de manera mas elocuente que la Santa Cena? Nos reunimos para partir el pan y beber de la copa del vino, ambos símbolos del dolor, de la angustia y el sufrimiento, de la amarga muerte por la que tuvo que pasar nuestro Señor. Pero, como escribe Cowper:

En lo profundo de las insondables minas de su habilidad que nunca falla Atesora sus brillantes designios, y lleva a cabo Su soberana voluntad.

Dios llama la luz de en medio de las tinieblas, de la desesperación a la esperanza. De la muerte viene la resurrección y la resurrección no es posible sin la muerte, la esperanza no es posible sin la desesperación ni la luz sin las tinieblas. Por medio de la derrota, nace el reino de los cielos en los corazones humanos y eso es lo que significa la oración.

“Oh, Señor, no soy mas que un pobre niño. No entiendo los misterios de la vida y no conozco los caminos de los hombres del mundo, pero Señor, te pido en oración, que por medio de estas circunstancias en las que me encuentro, de los problemas que actualmente hallo a mi paso, de estas luchas, pueda venir tu reino.

El elemento que opera la transformación es la oración, sencilla como la de un niño, confiada, que surge de una necesidad indefensa de un niño que conmueve el corazón de un padre.

Oración

Padre, con cuanta frecuencia mal interpretamos la vida, a pesar de que tú tanto te has esforzado por mostrarnos sus secretos. ¿Cuántas veces, Padre, nos hemos rebelado contra ti y lo que tú estabas haciendo en nuestra vida, por causa de un insensato resentimiento? ¿Cuántas veces nos hemos alejado hastiados, desesperados o amargados? Y a pesar de ello, ¿acaso no hemos sido conscientes de que tú has estado obrando con amor, durante esos periodos de resentimiento, de una vergüenza que nos quemaba las entrañas, de amargura, a fin de enseñarnos la verdad y hacer que entendiésemos la realidad, a fin de traernos de nuevo a tu amante corazón? Señor, hacemos esta gran oración que Jesús nos enseñó a hacer, Padre, sea hecha tu voluntad, venga tu reino. En el nombre de Jesús, amen.

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Título: La Oración Modelo
Serie: Estudios acerca de la Oración en el Nuevo Testamento
Pasaje de las Escrituras: Lucas 11:2-4
Mensaje Nº: 4 Nº de Catálogo: 59
Fecha: 1 de Marzo, 1964

Tomado de: Biblioteca de Ray C. Stedman