Yo soy el templo de Dios y el Espíritu Santo mora en mí. Mi cuerpo es un instrumento de justicia y sanidad. Ahora mismo presento mi cuerpo como un sacrifico vivo, santo y agradable a Dios. El pecado no se enseñorea más de mí porque estoy bajo la gracia y Cristo es mi Señor. Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo por la fe del Hijo de Dios, quien me amó y se entregó a sí mismo por mí. Por fe yo disciplino mi cuerpo en sus apetitos y lo pongo bajo servidumbre a mi espíritu. Yo soy de Cristo y he crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Me he desvestido del viejo hombre y me he vestido del nuevo hombre creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.

Ninguna palabra corrompida sale de mi boca, sino la que es buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes. Yo no contristo al Espíritu Santo de Dios, con el cual fui sellado para el día de la redención. Yo ando como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios. Estoy fortalecido con todo poder, conforme a la potencia de su gloria, para toda paciencia y longanimidad.
Jehová Dios es mi Sanador y por las heridas de Jesús yo fui sanado. Toda enfermedad, todo germen, todo virus, y toda bacteria que venga contra mi cuerpo, muere al instante por la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús que mora en mí. Ninguna plaga tocará mi morada. Mi cuerpo, mi casa, y mi familia están seguros porque el poder sanador de Cristo Jesús mora en mí. El mismo Espíritu que levantó a Cristo de los muertos vivifica mi cuerpo con su vida de resurrección, con salud, con energía, y con vida abundante, vida excitante y eterna. Con larga vida Dios me sacia y me muestra su salvación. Ciertamente el bien y la misericordia de Jehová me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa de Jehová moraré por largos días.